La historia de Juan José Gómez es muy particular. Aunque él siempre quiso ser trailero y ya tenía todo listo para subirse al tracto, las circunstancias lo empujaron para iniciarse como nadie hubiera pensado: trasladando una carroza fúnebre.
Juan José nació en una familia de mecánicos que tenía un pequeño taller diésel en la periferia de Pachuca. Atendían, principalmente, a hombres-camión que requerían algún servicio de emergencia y, en muchas ocasiones, algún arrastre. Por eso desde el principio también se habían hecho de una grúa.
Ahí fue donde aprendió a manejar Juan José, pues salió bueno para el volante y el gusto lo traía en los genes. Su papá y su abuelo habían sido traileros, pero se dedicaron de lleno a la mecánica cuando emprendieron este negocio.
Apenas tenía 12 años cuando ya movía la grúa y hacía maniobras cercanas para remolcar algún vehículo accidentado o descompuesto. Le resultaba muy fácil.
Justo por esos años les dijo a su padre y a su abuelo que quería ser operador, pero no de grúa, sino que quería tener su tracto y recorrer todas las carreteras del país. Recordaba las historias que ellos le habían contado y siempre quiso vivirlas por su propia cuenta.
Al cumplir 18 años sacó su licencia federal y ya había conseguido trabajo con un viejo conocido de su padre. Era cuestión de días que pudiera empezar y hacer su primer viaje de Pachuca hacia Nuevo Laredo. Estaba todo listo.
En esas andaba cuando falleció un tío cercano. Fue inesperado y cimbró de dolor a la familia entera. La viuda y sus hijos no tenían los recursos para contratar el servicio funerario, ni la carroza, apenas habían solventado el tema del panteón, pero había que llevar el ataúd.
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Alguien volteó a ver a Juan José y no hizo falta pedirle el favor. Ya tenía consigo el camión, tipo rabón. No dudó en hacer el favor, pero le daba miedo que la muerte marcara su camino, al ser su primer viaje. Pero igual lo hizo.
Han pasado quince años desde entonces, y siempre lo recuerda más bien como una bendición, porque ese día, mientras llevaba el cuerpo de su tío, decidió consagrar su trabajo a la familia, a la salud y a la vida. Manejar siempre con mucho cuidado. Casi como un mantra.
Aunque su primer viaje fue así, se esforzó mucho para comprar su propio camión y emprender su negocio. No ha sido fácil, pero sabe que poco a poco podrá crecer y permear una cultura distinta entre los pequeños empresarios del transporte.
El 10-28 del “Blanco” se lo pusieron justo en ese primer viaje, pues a pesar de su tez morena, todo el tiempo estuvo transparente, por la impresión, acaso el miedo, de viajar con la muerte a bordo.
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