Juan Carlos González Moreno nació en la Ciudad de México en 1975. Fue el tercero de cinco hijos y desde muy niño supo que de grande quería ser trailero, como su abuelo. 

Su padre siempre se opuso, pero cuando llegó el momento no tuvo más remedio que aceptarlo, ya que “El Johnny” no preguntó. Un día solamente llegó y les dijo que ya tenía trabajo, que lo suyo no era la escuela. Tenía 15 años. 

Aquel primer empleo fue lavando camiones en la empresa donde uno de sus amigos trabajaba como operador; le había dicho que nomás tuviera la edad, seguro le soltaban un tracto, que la empresa siempre andaba contratando. 

Y así lo hizo. Empezó desde abajo, lavando los vehículos, barriendo el patio, haciendo maniobras de carga y descarga. Era feliz sabiendo que estaba aprendiendo para cumplir su sueño. 

Hasta se hizo de una novia que desde el primer día le advirtió que si se hacía trailero, ella ya no andaría con él, porque sabía que nunca lo vería. 

Él no le dio importancia porque aún le faltaba un año para cumplir los 18. “Total, seguro para ese entonces ya no andamos”, pensó. 

Cuando cumplió 18, sacó su licencia y luego luego le dieron un camión para hacer rutas regionales, de la Ciudad de México para Querétaro, Toluca y Puebla. Los más largos eran hacia Veracruz, pero al otro día ya estaba de vuelta. 

Seguía con la novia, pues sabían que su trabajo todavía no le exigía estar fuera demasiado tiempo. Y así anduvieron dos años más, hasta que se hicieron papás y empezaron a construir en la casa de los papás de ella. 

“El Johnny” sabía que necesitaría más dinero, así que pidió rutas más largas en su trabajo, pues sus compañeros de más años ganaban un buen dinero haciendo los viajes a la frontera norte. 

Esto lo hizo a escondidas de su esposa y cuando ya tenía el trabajo asegurado, se lo dijo. Ella no estuvo de acuerdo y le recordó aquella vieja advertencia. 

—Pero ya no somos novios y ahora somos una familia”— replicó él. —Y tenemos un hijo. 

Ella aceptó, pero con una nueva amenaza, que si pasaba fuera mucho tiempo, que mejor ya no regresara. 

Él no le dio importancia, pues pensó que con el dinero extra que ahora ganaría, les ayudaría mucho para terminar la casa y darse una mejor vida, pero no podía estar más alejado de la realidad. 

En sus largos viajes, descubrió la verdadera pasión del volante, con los amaneceres, los compañeros, la comida y los lugares que nunca había imaginado. Hasta ese momento supo que, de verdad, él había nacido para esto. 

El dinero llegó con más problemas, pues apenas llegaba a su casa, su esposa le decía que cambiara de trabajo, que pusiera un taxi o un transporte escolar, pero él tampoco cedería. 

Hasta que sucedió que su esposa le dijo: “¿O el trailer o yo?”.

No era broma. No tuvo más remedio que bajarse del camión y, en efecto, puso un taxi, pero el dinero dejó de alcanzar, las deudas aumentaron y también la relación terminó por descomponerse. 

Hasta que un año después, él le dijo que había hecho una mala elección. No por ella, sino por él, por la familia, el sustento y hasta por la relación. Ahora que se veían más tiempo, peleaban todo el tiempo. Y muchas veces por falta de dinero. 

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Acordaron una buena separación y él se regresó al camión, a continuar con su vida y con sus sueños. Siempre con la motivación de que a su hijo nunca le faltara nada, que el dinero no fuera un obstáculo, sino una herramienta para que no cometiera los mismos errores que él. 

Y así le han pasado casi 30 años, reinventándose con cada viaje, con cada kilómetro y con cada peso que destinó a la educación de su hijo, y los otros dos con su segundo matrimonio. 

Hoy entiendo que la vida es una y que decidir no es fácil, pero hay sacrificios que no valen la pena, sobre todo cuando se llevan todo por lo que uno ha luchado. 

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