Juan respira profundo, aprieta el volante, mueve el cuello de un lado al otro. Voltea para ver la hora en la pantalla del camión y hace cuentas: lleva 10 horas manejando y todavía le faltan ocho para llegar al destino. Aprieta el ceño, hace cálculos y al fin se decide: si se toma un perico ahora, podrá llegar sin problema, sin sueño. 

Durante los últimos 15 años, así ha sido su rutina. Prácticamente una pastilla por cada viaje que tome más de 10 horas. A veces ha tomado más de una, pero en su consideración, esto no es tan grave porque ha sabido de algunos otros colegas que ingieren de todo y ellos si ya no la cuentan. 

Entre su círculo, tomar un perico cuando es “necesario” no es tan mal visto. Al contrario, se presume responsabilidad y prudencia, ya que hay quienes abusan y elevan todos los riesgos. 

En sus distintos trabajos, los supervisores y gerentes de tráfico sabían de esta mala práctica. Y como siempre tuvo buenos desempeños, con entregas a tiempo y muy pocas quejas de los clientes, nunca tuvieron necesidad de atender este asunto. 

Juan saca de su mochila una tira con pastillas verdes, toma una y la avienta dentro de su boca. Ya ni agua necesita para tragarla. El efecto ya no es inmediato, como al principio, pero sigue funcionando. En media hora se siente más alerta, más despierto. 

En este momento, a sus 40 años, no repara en el daño crónico que representa el consumo de la sustancia que actúa acelerando el sistema nervioso central, bloquea las señales químicas que el cuerpo envía al cerebro para avisar que necesita descansar.

Bajo el efecto del estimulante, el operador experimenta una falsa sensación de hipervigilancia y omnipotencia. El problema es que el cansancio no desaparece, sólo se acumula en la sombra. 

Cuando el efecto de la sustancia termina de golpe —el famoso «bajón»—, el cuerpo exige la factura, y si no descansa, el conductor se expone a microsueños fulminantes a más de 90 kilómetros por hora.

No piensa, o acaso no sabe, que la solución definitiva para ganar más kilómetros de vida y productividad no viene en un frasco de pastillas, sino en el respeto a los fundamentos básicos de la máquina humana.

Dormir bien no es perder el tiempo, es la única forma en que el cerebro se limpia y se repara. Programar pausas de descanso de 15 a 20 minutos durante rutas largas y asegurar de 6 a 8 horas de sueño corrido es más efectivo para la atención que cualquier estimulante químico.

Por otro lado, el diésel del operador es su comida. Una dieta basada en azúcares refinados, grasas saturadas y exceso de café provoca picos de energía seguidos de caídas dramáticas de sueño. 

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Cambiar las bebidas azucaradas por agua natural y optar por alimentos ricos en proteínas y carbohidratos como semillas, frutas y verduras mantiene los niveles de glucosa estables, garantizando energía limpia y duradera durante el viaje.

No sabe y no piensa en esto, pero ojalá algún día se dé cuenta de que los pericos no son un mal necesario. Sí se puede. Mientras, seguirá rodando, al igual que nosotros, Al Lado del Camino. 

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