Hay historias en el autotransporte nacional que no se explican con estados de cuenta ni con métricas de rendimiento: se entienden con el esfuerzo de manejar un rabón, cargarlo a puro diablito y con el tesón de una familia que no tiró la toalla. Así se cuenta la de Fletes Chihuahua (Flechisa).
Aunque hoy despliega un músculo operativo imponente: 26 sucursales desde Tijuana hasta Mérida, una flota cercana a las 500 unidades (entre equipos de larga distancia y reparto de última milla) y un ejército de casi 480 colaboradores, es importante regresar la película más de seis décadas.
Aunque su nombre lo diga, su origen no estuvo en el norte, sino en los Altos de Jalisco. Hacia mediados de la década de los cuarenta, Salvador Hernández comenzó a rodar desde Lagos de Moreno. En aquel entonces, la operación era pura tracción y coraje: tres rabones que movían carga completa hacia la Ciudad de México y de regreso.
El negocio prosperó hasta que un gran contrato lo llevó a realizar viajes hacia Chihuahua. Ahí apareció el primer gran reto operativo, una suerte de estigma: en el norte, la percepción local veía a la empresa como «los del DF», lo que se convirtió en una pesadilla tras los regresos vacíos, pues nadie les daba carga en el Estado Grande.
Lejos de rendirse, el fundador tomó una decisión fundamental: mandó a su hermano al norte para afincar una sucursal propia. Era 1959 y así nació formalmente la identidad de Fletes Chihuahua (Flechisa).
Bajo el esquema rígido de los antiguos permisos de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), la empresa se especializó en la ruta México-Ciudad Juárez y sus puntos intermedios.
No era mover carga por moverla; la visión estuvo clara desde el día uno: la columna vertebral era y sigue siendo la paquetería. El carro completo siempre se entendió como un valor agregado para el cliente, jamás como el único sustento.
A la par de los cambios en el sector, la empresa vivió su propia transición interna. Don Javier Hernández Martínez, hijo del fundador y quien durante años se curtió en el asfalto operativo como jefe de tráfico, dio un paso al frente.
Entre 1993 y 1994, en plena antesala de la desregulación del autotransporte promovida en el sexenio salinista, Hernández Martínez tomó el control total de la firma al comprar las acciones a sus hermanos.
Con la liberación de las rutas, el horizonte se amplió. La segunda generación no sólo mantuvo el timón en momentos de incertidumbre económica, sino que preparó el terreno para que sus hijos se sumaran al negocio desde abajo.
«Yo recuerdo que mi papá nos llevaba los sábados. Veíamos cómo cargaban con puros diablitos; nada de patines hidráulicos ni montacargas. Ahí estábamos jugando mis hermanos y yo, y así fuimos creciendo.
“Ya de planta, me integré al salir de la carrera a los 22 años», compartió Javier Hernández, director general de Flechisa y representante de esa tercera generación que tomó la batuta para modernizar la flota.
La llegada de los años 2000 marcó la aceleración de la compañía. Javier y sus hermanos impulsaron un plan de expansión agresivo hacia el Bajío y el Norte: Monterrey, León, Guadalajara, Morelia y Puebla abrieron sus puertas.
Pero profesionalizar una empresa familiar de transporte nunca ha sido un viaje sin turbulencias. Javier sonríe al recordar cuando, en sus primeros años con título universitario en mano, desarrolló un sistema computarizado para emitir las cartas porte y jubilar las viejas máquinas de escribir.
«Me llevé una de las regañadas más grandes de mi vida», confiesa. «Un día se fue la luz y mi papá me dijo: ‘Yo sin luz sacaba este negocio, pero tú con tus programitas no puedes’. De ahí aprendí que lo malo no es cometer errores, lo malo es desanimarte y no aprender de ellos para volver a intentar».
Esa mentalidad impulsó a la directiva a cuestionar los dogmas tradicionales del transportista mexicano. Comprendieron que el éxito no radica en acumular camiones por el simple orgullo de ver el patio lleno, sino en la eficiencia financiera.
Con cuatro hermanos en la mesa directiva, la adopción del Gobierno Corporativo —reforzada tras el paso de Javier por las aulas del IPADE— fue el escudo definitivo contra el fantasma que acecha a las organizaciones familiares: la crisis de la tercera y cuarta generación.
«La familia crece cuatro veces, pero la empresa no crece cuatro veces. Con mis hermanos somos cuatro y tomamos decisiones en equipo, pero con la siguiente generación seremos 15 ó 20. Si no dejas las reglas claras, la mesa se convierte en una Cámara de Senadores donde todos opinan y nadie avanza.
“Mi meta es dejar el camino perfectamente encauzado para que la empresa cuide el pastel y siga dando frutos, esté quien esté en la operación», sentenció el directivo.
La sacudida global de la pandemia de hace unos años no paralizó a Fletes Chihuahua, pero sí transformó radicalmente su cultura organizacional.
En un sector calificado como esencial, la operación no podía irse a home office, así que la administración y la gestión del riesgo dieron un salto fundamental hacia la digitalización y el factor humano.
Pero no es todo. Para contener el déficit de operadores y garantizar la seguridad en las carreteras, la firma fundó su propia escuela interna de capacitación en Tultitlán, Estado de México.
Ahí no sólo se forma a los nuevos conductores, sino que se canaliza a aquellos con inconsistencias operativas para recibir coaching, cursos de manejo defensivo y retroalimentación constante.
A la par, la empresa adoptó una postura predictiva basada en datos y acompañamiento emocional, incorporando incluso atención psicológica para el personal administrativo y operativo.
«Antes cometías el error, te echabas la bendición, aprendías y reaccionabas. Hoy trabajamos con datos para prever la temporada alta de cada cliente, ajustamos los turnos de monitoreo 24/7 y usamos la tecnología para cuidar al operador en las rutas más peligrosas del país», añadió Hernández.
Con más de 65 años rodando por las venas logísticas de México, Flechisa no se detiene a contemplar el espejo retrovisor. La organización se encuentra en plena transformación digital, explorando la integración de Inteligencia Artificial para la automatización de procesos, analítica en tiempo real y el desarrollo de aplicaciones móviles para la gestión remota con operadores y clientes.
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La cuarta generación familiar ya comienza a hacer sus primeros kilómetros dentro de la estructura corporativa, asumiendo el reto de liderar una industria donde las herramientas digitales y el dinamismo del mercado exigen un nivel de preparación superior.
Al mirar el camino recorrido desde aquellos rabones que salían de Lagos de Moreno hasta la red logística que hoy conecta al país, Javier Hernández resume la filosofía que ha mantenido encendido el motor de Fletes Chihuahua durante más de seis décadas:
“Al final del día, las máquinas cambian, la tecnología vuela y los procesos se automatizan, pero lo que sostiene a esta empresa son los valores familiares, el respeto por nuestra gente y la disciplina para volverlo a intentar cada mañana”.
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