En la vida empresarial mexicana hay un axioma no escrito pero implacable: renovarse o morir. Mantenerse a la vanguardia durante más de siete décadas no es cuestión de suerte, sino de visión, de entender lo que significa estar a la altura de los tiempos y de prepararse para un futuro permanentemente lleno de retos. Esa es, precisamente, la historia que late en el ADN de Transportes Grijalva.

Corría el año de 1945, cuando el mundo emergía de las sombras de la Segunda Guerra Mundial y padecía la escasez generalizada de insumos básicos, en Comitán, Chiapas, y un hombre comprendió que el destino de las comunidades dependía de la continuidad del suministro. 

Con la determinación de ofrecer la ayuda que el pueblo de México requería en ese momento crítico, Humberto Pulido Gordillo comenzó a transportar arroz, frijol y azúcar a lo largo de ciudades, pueblos y rancherías chiapanecas.

En aquel entonces, la geografía del sur imponía condiciones extremas. La falta de carreteras que unieran a la entidad obligaba a realizar complejas maniobras de logística: la carga salía de la Ciudad de México hacia Tuxtla Gutiérrez, San Cristóbal de las Casas, Comitán, Arriaga y Tonalá. 

Al no existir aún el tramo carretero hacia Tapachula y Ciudad Hidalgo, Tonalá se convertía en el punto neurálgico donde los productos se trasbordaban al ferrocarril para poder alcanzar la frontera.

Con la carretera a Tapachula finalmente inaugurada en 1962, Transportes Grijalva —constituida formalmente desde 1949— se convirtió en la primera empresa en efectuar el servicio regular de carga y paquetería a lo largo de toda la costa chiapaneca hasta Ciudad Hidalgo.

El servicio de don Humberto generó una confianza inmediata en la región, permitiendo que el flujo de carga fuera en ambas direcciones: el camión que llevaba abarrotes regresaba a la capital cargado con la riqueza agrícola del sur: café, mango, plátano y ganado en pie.

El crecimiento natural de la operación motivó el traslado de la oficina matriz al entonces Distrito Federal, abriendo una fase de expansión agresiva en el segmento de carga consolidada y paquetería. 

Fue en ese momento cuando se incorporó a la empresa Humberto Pulido García, hijo del fundador, a la edad de 21 años, mientras cursaba la carrera de Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

La llegada de Pulido García inyectó nuevos bríos a la organización. Bajo su gestión, la flota creció de manera acelerada y la marca Grijalva se convirtió en un referente de seriedad en el autotransporte nacional.

Pero su visión trascendió las paredes de su propia empresa. Consciente de que la industria necesitaba un gremio fuerte, Humberto Pulido García, al lado de figuras históricas como Isidoro Rodríguez y otros destacados empresarios, sentó las bases de lo que hoy es la Cámara Nacional del Autotransporte de Carga (Canacar), donde ocupó cargos de alta relevancia.

En 1981, en un esfuerzo por darle voz y peso político al sector, participó en la creación de la Confederación Nacional de Autotransportistas (CNA), trayectoria que lo llevó a servir al país como legislador en las LII y LIV Legislaturas del Congreso de la Unión. Su sensible fallecimiento en el año 2000 dejó un vacío profundo, pero también un legado imborrable en el gremio.

Ante la ausencia obligada de Humberto Pulido García por motivos de salud en 1996, la operación pasó a manos de su hijo Humberto Pulido Villar, quien asumió la responsabilidad de la dirección operativa, administrativa y de mantenimiento.

Fiel a la premisa de «renovarse o morir», la tercera generación implementó una reingeniería profunda en la organización:

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En esta etapa se diseñó un programa intensivo de adquisición de equipo que permitió triplicar el parque vehicular de la empresa, con nuevas reglas de productividad y control operativo que redujeron significativamente los costos de mantenimiento y mejoraron los tiempos de tránsito.

La profesionalización de los procesos elevó la imagen de la marca ante clientes industriales cada vez más exigentes, al grado de que, al diversificar su oferta, la empresa se convirtió en Corporativo Grijalva, conservando su nombre original, tomado del famoso río fronterizo en el sureste mexicano. 

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