Son las tres de la tarde en la rampa de acceso. El sol rebota en la lámina de los remolques. En la pantalla del operador se lee en letras mayúsculas “CITA VENCIDA”. Apaga el motor. El silencio en la cabina pesa más que las veintiocho toneladas de producto terminado que trae atrás. Cierra los ojos. Deja caer la cabeza sobre el volante. Llegó cinco minutos tarde. 

Afuera, la pluma de la caseta de revisión sigue abajo. Un guardia con chaleco fosforescente y prisa burocrática camina despacio, con la libreta en la mano. Ni siquiera lo mira a los ojos.

—Trae retraso, jefe. La cita era a las catorce cincuenta y cinco. El sistema ya rebotó tu folio.

—Oye, amigo, fue la fila en la caseta de la autopista. Traigo el ticket del peaje, un choque paralizó todo en el kilómetro 40. Venía a vuelta de rueda…

—A mí no me expliques. Son reglas: cita perdida es cita rechazada. Tienes que hablar con tu coordinador para que te reprogramen. Ni modo, hay que dar la vuelta y a formarse en el acotamiento de afuera.

El guardia da dos palmaditas en la lámina de la puerta. Final de la conversación.

El operador enciende el motor. Retrocede lento. El sonido del pitido de reversa suena a derrota. Los demás tractos alineados en la fila lo ven pasar. En sus miradas no hay burla, solo alivio de no ser ellos los rechazados hoy.

Estaciona el camión a un costado de la avenida, bajo el sol implacable de la zona industrial. El motor vuelve a quedar en silencio.

Toma el teléfono y marca a la empresa. El tono suena tres, cuatro, cinco veces.

—¿Qué pasó, Toño? ¿Ya estás descargando? —pregunta la voz acelerada del coordinador desde la oficina central.

—No, jefe. Se cayó la cita. Llegué cinco minutos tarde por el tráfico del accidente. No me dejan ni pisar la rampa.

Un silencio pesado del otro lado de la línea. Luego, un suspiro de frustración.

—No me digas eso, Toño. Esa mercancía tenía que entrar hoy sí o sí. Es una penalización para la empresa y nos van a cobrar las horas de espera. Déjame hablar con el gerente de logística del cliente, a ver si te meten de ‘comodín’ en la noche. Pero no prometo nada. Quédate ahí.

«Quédate ahí». La orden que congela las horas.

El reloj marca las cuatro de la tarde, luego las seis, las nueve de la noche.

El calor acumulado en la cabina empieza a ceder ante el frío del desierto industrial. Las luces de neón del Cedis brillan a trescientos metros de distancia. Camiones entran y salen. Rampas que se abren y se cierran con el estruendo de los montacargas trabajando a todo ritmo. Adentro, el comercio vuela. Afuera, en la acera de tierra, el tiempo sólo pasa, lento.

Toño abre una lata de atún. Saca un paquete de galletas saladas del compartimento superior. El banquete de los rechazados.

El teléfono vuelve a sonar a las once de la noche.

—Toño… Hablé con el cliente. Dicen que hoy ya tienen la plantilla completa de rampas. Te van a reprogramar la ventana de descarga hasta las ocho de la mañana.

—¿Y dónde me quedo, jefe? Aquí afuera no hay luz, no hay baño y la zona está pesada en la madrugada.

—Busca una gasolinera o una cachimba con luz ahí cerca. Ni modo, amigo. Mañana temprano te quiero de nuevo en la pluma. No vayas a llegar tarde.

Toño cuelga. Sube el cristal de la ventanilla. Le pone el seguro a ambas puertas. Pone la cortina negra que separa los asientos del camarote.

Se descalza, se acomoda en la litera estrecha y escucha el silbido de los tractocamiones que pasan a toda velocidad por la avenida principal. Un día entero de trabajo, de tensión, de pelear con el tráfico y de cuidar la carga, disuelto por un cronómetro implacable en una pantalla.

Cierra los ojos. Mañana a las siete de la mañana, la batalla por la pluma vuelve a empezar. Y Toño seguirá, igual que nosotros, Al Lado del Camino.

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