Aunque a sus 30 años pensó que su vida estaba resuelta, Héctor Díaz vivió un momento único, de esos que, en efecto, te cambian la vida. Llevaba más de 10 años manejando su propio taxi y estaba por comprar un segundo para darlo a trabajar, pero fue justo ahí cuando sucedió.
Recién había dejado a un pasajero en la López Portillo, en Tultitlán, cuando recibió una llamada de Iván, un amigo de la infancia que todavía era su vecino y llevaba manejando el mismo tiempo que él, pero en tractocamión.
La llamada lo sorprendió y lo hizo sonreír. Contestó, se saludaron con mucho gusto, con mucho cariño y fue entonces cuando Iván le pidió el favor que le habría de cambiar la vida.
-Oye, Hermano, necesito que me hagas un parote. Tengo el camión ya cargado aquí en el patio de Coacalco, pero traigo una infección en el estómago que no me deja salir. El viaje es urgente, es para Veracruz. Yo te pago lo que me den y hasta te doy un extra, por el favor.
Héctor había sacado su licencia federal y sabía manejar tractocamión, pues aprendieron juntos cuando terminaron la preparatoria, pero se había dedicado al taxi porque fue la pequeña herencia que le dejó su abuelo y así había encontrado una buena forma de ganarse la vida.
No le hizo ilusión el viaje sorpresa, pero entendió que era un favor especial, una cuestión de amistad, así que aceptó. Ya estaba todo pactado y se presentó en la empresa, que además no le quedaba lejos.
Recibió las indicaciones, se subió al camión y tomó camino. Iván le quería llamar todo el tiempo, por si algo se le ofrecía, pero fue el mismo Héctor quien le dijo que no era necesario, que todo estaba en orden.
Y así fue, el camino estuvo tranquilo, la entrega fue mero trámite y el regreso bastante rápido. Héctor se sintió extraño porque le gustó mucho hacer este viaje y hasta pensó en pedirle a Iván que le diera más fletes, ocasionales, para desaburrirse del taxi.
Sólo lo pensó y apenas llegó a la empresa el dueño de la flota estaba ahí, en el patio, dando una charla a los operadores y le pidió a Héctor que se sumara. No lo conocía, pero asumió que trabajaba ahí.
Héctor se incorporó a la charla y el dueño le preguntó que de dónde venía. De Veracruz, dijo. Y cuando iba a explicar que sólo era un favor, el director general le dio instrucciones al jefe de tráfico para que le asignaran dos viajes más, urgentes. Héctor no dijo más.
Después de esos tres viajes e, incluso, cuando su amigo ya estaba de vuelta, Héctor había decidido que mejor se quedaba en el taxi, que no le pediría más viajes a Iván.
Pero ya no hubo oportunidad, pues el jefe de tráfico le dijo que fuera a Recursos Humanos, por su pago de los tres viajes. Le dijo que sabía que sólo estaba ahí de manera temporal, pero que tal vez si le hacían una buena propuesta, podría considerar quedarse.
Fue por su pago y le sorprendió que fuera tanto dinero. Nunca hablaron de cantidades, pero su cálculo se quedó muy por debajo. La chica que le dio sus pagos vio su cara de sorpresa y le dijo que el dueño encargó hacerle una propuesta, que si quería verla.
Asintió con la cabeza y extendió el brazo para recibir una hoja en la que se detallaban las condiciones del trabajo. Cuando vio el salario y las bonificaciones, no lo dudó más y aceptó. Sólo pidió unos días para conseguir chofer para su taxi.
Y lo demás es historia. Resultó que tenía más talento para el tracto que para el sedán, y ahora lleva ya otros diez años manejando tractocamión, conociendo todo el país y agradeciendo aquella feliz coincidencia que lo hizo cambiar el rumbo de su vida y encontrar la felicidad en las carreteras.
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