Filemón Reyes nació en 1978 al sur de Nuevo León. Su primer contacto con la física y la gravedad no fue en la escuela ni con los libros de texto, sino cargando botes de mezcla de cincuenta kilos sobre la espalda en las obras donde su padre levantaba bardas de tabicón. Apenas cumplió 12 años y le tocó entrarle al trabajo para apoyar a la familia. 

Durante casi dos décadas, las manos de Filemón conocieron el tacto áspero de la cal, el olor del cemento fresco y el ritmo cansino de la cuchara sobre la mezcla. Se podía decir que era de esos albañiles de la vieja escuela: fino para la plomada, capaz de echar un muro de veinte metros sin que se desviara un solo milímetro. 

Pero el trabajo en la construcción era traicionero. Había meses de bonanza cuando se levantaba una nave industrial en Apodaca, y meses de sequía absoluta donde el hambre apretaba y las obras se paralizaban.

Para sobrevivir a las temporadas bajas, Filemón rodó por cuanto oficio temporal se le cruzó en el camino. Entre los veinte y los treinta años fue peón en un taller mecánico de San Nicolás, donde aprendió a distinguir el chasquido de un inyector tapado de puro oído; trabajó tres meses descargando sacos de harina en un molino y hasta fue ayudante de mudanzas, acomodando muebles en camionetas como si jugara Tetris.

Fue precisamente en un patio de maniobras en Escobedo, a principios de 2012, donde el destino de Filemón cambió de rumbo. Lo habían contratado junto a una cuadrilla para colar la losa de las nuevas oficinas de una línea de transporte de carga seca. Mientras los demás almorzaban en la sombra de un remolque, Filemón se quedaba fascinado mirando las maniobras.

Esa tarde, la bodega estaba colapsada. Un cliente exigía mover con urgencia un contenedor de 53 pies para acomodar tres tractocamiones que acababan de llegar de Laredo, pero los dos maniobristas de turno no habían llegado a trabajar. El jefe de taller estaba desesperado, así que Filemón le preguntó que si sabía manejarlo, que si necesitaba ayuda. 

-Yo no sé manejarlos. ¿Tú sí? Me urge moverlos. Te pago por la maniobra.

Filemón nunca había tocado un tractocamión, pero durante tres años había visto a los conductores hacer los cambios desde la barda del taller mecánico donde trabajó. Sabía, por pura observación e intuición física, cómo funcionaba el embrague, la relación de peso de la carga y el ángulo de corte que exigían los espejos cóncavos.

Subió los estribos del tracto, un International ProStar del año. Al acomodarse en el asiento, ocurrió algo curioso: no sintió miedo. Para un hombre que había pasado años midiendo el equilibrio sobre tablas a diez metros de altura, las dimensiones del camión no lo intimidaron.

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Ajustó los retrovisores, soltó las válvulas de aire y metió reversa. Sin tirones, sin raspar un solo engrane de la transmisión y con una suavidad que sorprendió al propio jefe de patio, Filemón metió la caja de 53 pies en la rampa de descarga al primer intento, alineándola con la precisión milimétrica de la plomada que usaba en su oficio.

—¿En qué línea trabajaste antes, Filemón?

—En ninguna, patrón. Es la primera vez que me subo a uno de estos.

—No te creo nada. Traes el corte en los espejos mejor que varios que llevan diez años en la 57.

Sin saberlo, Filemón poseía dos virtudes naturales que no se enseñan en las escuelas de manejo: una percepción espacial absoluta cultivada en los planos de la construcción y una sensibilidad motriz fina para escuchar el tono del motor, sabiendo exactamente a qué revoluciones pedir el cambio sin forzar la máquina.

A la semana siguiente, Filemón colgó la cuchara y el plomo para siempre. La empresa le pagó su capacitación formal, tramitó su licencia federal y le asignó su primera ruta fija: Monterrey-Querétaro.

Hoy, más de catorce años después de haber dejado los andamios, Filemón es uno de los operadores más respetados de su flota, con más de un millón de kilómetros recorridos sin un solo incidente. Sobre el 10-28, lo traía desde la cuna, “El Mai”.

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