Durante décadas, las cadenas de suministro se diseñaron bajo una lógica simple: maximizar eficiencia y minimizar costos. Sin embargo, los eventos de los últimos años han demostrado que una cadena de suministro optimizada exclusivamente para la eficiencia puede convertirse rápidamente en una fuente significativa de riesgo financiero. Hoy, la pregunta ya no es cuánto cuesta construir resiliencia, sino cuánto cuesta no tenerla.

Las empresas redujeron inventarios, consolidaron proveedores, maximizaron la utilización de activos y diseñaron planes de transporte basados en tiempos de entrega predecibles. En periodos de estabilidad, ese modelo funcionó. Sin embargo, una sucesión constante de interrupciones, huracanes, sequías, congestión portuaria, demoras fronterizas, paros laborales y conflictos geopolíticos, ha puesto de manifiesto la fragilidad financiera de las redes optimizadas exclusivamente para la eficiencia. 

La red de menor costo en condiciones estables no siempre es la más económica cuando las circunstancias cambian. Bien entendida, la resiliencia no es un gasto adicional, sino una inversión empresarial medible cuyo retorno puede calcularse.

A medida que las organizaciones aceleran estrategias de nearshoring, regionalización y diversificación de proveedores, la resiliencia se ha convertido en un criterio de diseño tan importante como el costo, el servicio o el capital de trabajo. Las decisiones de red ya no pueden evaluarse únicamente bajo escenarios de operación normal; deben considerar explícitamente escenarios de disrupción.

Este desafío es especialmente relevante en las Américas, donde las cadenas de suministro están cada vez más interconectadas, pero siguen operando en mercados con niveles muy distintos de infraestructura, capacidad y confiabilidad del transporte.

Norteamérica cuenta con amplias redes logísticas, aunque las empresas todavía enfrentan infraestructura y activos envejecidos, variabilidad en los cruces fronterizos, restricciones laborales y dependencia de insumos provenientes de mercados globales. 

En América Latina y el Caribe, las empresas suelen afrontar limitaciones de infraestructura, mayores requisitos de seguridad, menos alternativas multimodales y una mayor variabilidad en el transporte terrestre. Estas condiciones hacen que la resiliencia sea especialmente importante, ya que las interrupciones pueden añadir costos a redes que de por sí son costosas de operar.

Un análisis del Banco Mundial estimó que los costos logísticos en América Latina y el Caribe equivalen a entre el 16 y el 26% del PIB, frente a aproximadamente el 9% en las economías de la OCDE. 

Estas cifras ponen de relieve una realidad estructural: los costos logísticos ya representan una carga considerable en toda la región. Cuando las interrupciones obligan a recurrir a fletes de emergencia, rutas más largas, inventario adicional o retrasos en la producción, estos costos pueden aumentar aún más, lo que refuerza el argumento a favor de inversiones específicas en resiliencia.

Las interrupciones no respetan fronteras. La frecuencia de estos eventos también está aumentando. Lo que anteriormente se consideraban eventos excepcionales se ha convertido en parte del entorno operativo normal. 

Como resultado, las organizaciones deben dejar de gestionar interrupciones como incidentes aislados y comenzar a diseñar sus cadenas de suministro bajo la premisa de que nuevas disrupciones ocurrirán de manera recurrente.

Una sequía que afecta al Canal de Panamá, un huracán que cierra un puerto en la costa del Golfo de México o un paro laboral en una terminal ferroviaria importante repercuten en proveedores, fabricantes y clientes de varios países. 

Los datos lo confirman: la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo (UNCTAD) informó que los desvíos causados por las interrupciones en el mar Rojo y el Canal de Panamá aumentaron la demanda mundial de buques en un 3% y la demanda de portacontenedores en un 12% a mediados de 2024. Las rutas más largas incrementaron el consumo de combustible, la congestión, los mayores costos de seguro y los costos de transporte. 

La manera en que las empresas miden el desempeño de la cadena de suministro no ha evolucionado al mismo ritmo que las formas en que estas redes pueden fallar. En muchos casos, las organizaciones continúan premiando exclusivamente indicadores de eficiencia, como costo por unidad, utilización de activos o reducción de inventario, sin medir adecuadamente la exposición al riesgo operativo y financiero. Esto genera incentivos que favorecen ahorros de corto plazo a costa de una mayor vulnerabilidad estructural.

El costo de transporte por unidad, la rotación de inventario, la utilización de los almacenes y el tiempo promedio de tránsito son indicadores útiles, pero no reflejan el impacto financiero total de una falla en la red. 

El costo real de una interrupción puede incluir pérdidas de producción, fletes extraordinarios, mano de obra ociosa, penalizaciones de clientes, ventas perdidas, abastecimiento de emergencia y daños duraderos en las relaciones comerciales. Según nuestra experiencia en proyectos de mejora operativa, el gasto en transporte suele ser solo una parte de un panorama de costos mucho más amplio. El proveedor con el precio unitario más bajo puede convertirse rápidamente en la opción más costosa si una sola falla detiene toda una línea de producción.

Sin embargo, el objetivo no debe ser incorporar redundancia en todos los puntos de la red. Mantener inventarios excesivos, duplicar cada proveedor o reservar capacidad de transporte que no se utiliza puede reducir los márgenes y aumentar la complejidad

No todos los productos, rutas o clientes generan el mismo nivel de exposición. Un material de bajo valor disponible a través de varios proveedores locales puede requerir poca protección. 

En cambio, un componente especializado proveniente de una única instalación puede justificar la creación de inventario estratégico, la calificación de un proveedor alternativo o el establecimiento de una segunda ruta de transporte. Según nuestra experiencia, los programas de resiliencia más sólidos concentran los recursos en el número relativamente reducido de vulnerabilidades capaces de causar el mayor daño financiero.

El primer paso para implementar un plan de resiliencia es identificar qué elementos son verdaderamente críticos. Las empresas deben trazar un mapa de los materiales que dependen de una única fuente de suministro, los productos que generan mayores ingresos, las instalaciones esenciales y los corredores de transporte con alternativas limitadas. 

Deben preguntarse qué interrupción de un proveedor podría detener la producción, qué puerto o cruce fronterizo concentra una proporción inaceptable del volumen y qué compromiso con un cliente sería más difícil de recuperar después de un retraso.

Este diagnóstico debe integrar datos de abastecimiento, transporte, inventario, capital de trabajo y servicio al cliente, en lugar de relegar la resiliencia a una sola función logística.

La resiliencia sólo puede gestionarse efectivamente cuando se expresa en términos financieros. Las organizaciones deben cuantificar el costo económico de una interrupción potencial y compararlo contra la inversión requerida para mitigarla. 

Los equipos directivos deben estimar el costo de un día de producción perdida, los ingresos en riesgo por el retraso de un lanzamiento, el sobreprecio de un flete de emergencia y el impacto que tendría en el capital de trabajo mantener inventario adicional. 

El costo de conservar un proveedor o una ruta alternativa puede compararse entonces con las consecuencias esperadas de una falla. Este enfoque transforma la discusión: en lugar de preguntar si la resiliencia es «demasiado costosa», permite evaluar si una inversión específica protege suficiente valor como para justificar su costo.

Una vez cuantificados los riesgos, las empresas pueden seleccionar respuestas específicas. Estas pueden incluir el abastecimiento dual de insumos críticos, inventario de seguridad estratégico, puertos y cruces fronterizos alternativos, acuerdos flexibles con transportistas, múltiples modos de transporte, opciones de distribución regional y una mayor visibilidad de los envíos. 

La necesidad de infraestructura regional sigue siendo considerable: el Banco Interamericano de Desarrollo estima que cerrar las principales brechas de infraestructura de transporte en América Latina y el Caribe requeriría una inversión anual equivalente a aproximadamente el 1.37% del PIB regional hasta 2030. 

Las empresas no pueden resolver por sí solas las limitaciones de la infraestructura pública, pero sí pueden diseñar redes que las tomen en cuenta, en lugar de suponer que la capacidad estará disponible sin interrupciones. 

La clave no es construir la cadena de suministro más robusta posible, sino aquella que ofrezca el mejor equilibrio entre costo, servicio y capacidad de recuperación.

Por último, los planes de resiliencia deben ponerse a prueba antes de que ocurra una crisis real. Las empresas deben realizar simulaciones de escenarios que incluyen cierres de puertos, huracanes, ciberataques, interrupciones de proveedores y escasez de capacidad. 

También deben definir claramente las facultades de decisión, los procedimientos de escalamiento y los umbrales operativos o financieros que activarán los planes alternativos. 

Hemos observado que incluso los planes de contingencia bien diseñados pueden fallar cuando las responsabilidades no están claras o cuando los proveedores y transportistas de respaldo nunca se han puesto a prueba. 

Sorprendentemente, muchas organizaciones cuentan con planes documentados que nunca han sido ejecutados ni simulados. En consecuencia, cuando ocurre una interrupción real, los tiempos de reacción suelen ser considerablemente mayores a los previstos

Las cadenas de suministro que liderarán la próxima década no serán necesariamente las más eficientes bajo condiciones normales, sino aquellas capaces de mantener operaciones, proteger ingresos y responder con rapidez cuando las condiciones cambien. 

La resiliencia ya no es una capacidad defensiva; es una ventaja competitiva. En un entorno donde la disrupción se ha convertido en la nueva normalidad, las organizaciones que incorporen la resiliencia como un criterio central de diseño estarán mejor posicionadas para proteger rentabilidad, capturar crecimiento y transformar la incertidumbre en una fuente sostenible de diferenciación. 

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Karina Owens, Associate, Alvarez & Marsal Corporate Performance Improvement Houston.

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