Es noviembre, de noche, en el Arco Norte. Rubén “El Mudo” González maneja el tractocamión cargado con polietileno. Es un operador de la vieja guardia y, aunque no se fía de las pantallas y sensores, ha tenido que aprender a utilizar la tecnología. Renovarse a morir, le han dicho tantas veces. 

El sudor en la cara, la grasa en las manos y la eterna gorra son parte de su atuendo. Lleva la zozobra de la inseguridad, ya que en un mes la empresa en la que trabaja ha sufrido tres robos en carretera, justo en la que ahora él circula. 

Es por eso que la empresa colocó sistemas anti jammer en los vehículos, pues su ausencia facilitó los atracos, así que ahora, El Mudo debió conocer y familiarizarse con este nuevo dispositivo. 

A las 2:45 en punto cerca de la salida a Querétaro, el mundo de Rubén se volvió extraño. Primero, la música del radio se convirtió en un siseo estático. Luego, el GPS en el tablero empezó a dar vueltas como un compás caótico.

Sabía que no era normal y enseguida pensó que ya le habían puesto “el perro”, justo como se le conoce al jammer. Apenas estaba sintiendo la rareza de la bruma cuando una camioneta tipo pick up se le emparejó. 

Un hombre asomó medio cuerpo por la ventana con un rifle, haciendo señas para que se orillara. Normalmente, aquí terminaba la historia: el GPS deja de transmitir, el Centro de Monitoreo pierde la señal y la unidad entra en un limbo donde el conductor es bajado a la fuerza y la unidad desaparece para siempre.

Fue ahí cuando actuó el nuevo sistema, que detectó el jammer de los asaltantes y activó un protocolo de aislamiento de circuitos. El sistema cortó el flujo de combustible al motor de manera intermitente, creando un efecto de «falsa falla». 

Al ver que el camión empezaba a sacar humo negro y a jalonearse violentamente, los asaltantes pensaron que la unidad estaba inservible. En el mismo instante, el antijammer activó un bloqueo neumático en los frenos de la quinta rueda. Si lograban subir a la cabina y bajar a Rubén, no podrían desenganchar la caja ni mover el tractocamión más allá de 5 kilómetros por hora.

Rubén notó el comportamiento del camión y aprovechó el jaloneo para maniobrar de forma errática, asustando a los ocupantes del vehículo negro. 

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Los delincuentes, frustrados porque su inhibidor de señal parecía haber «descompuesto» el camión en lugar de solo ocultarlo, y temiendo que el humo atrajera patrullas, decidieron abortar y aceleraron perdiéndose en la oscuridad.

Minutos después, cuando Rubén salió de la zona de interferencia del jammer, el sistema detectó que el aire estaba «limpio» de nuevo. El motor recuperó su potencia, el GPS se fijó en el mapa y envió una ráfaga de datos al Centro de Monitoreo con el historial de lo que acababa de pasar. Y fue así como él siguió, al igual que nosotros, Al Lado del Camino.

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